ENTREGA DE NOTAS O PENA, PENITA, PENA
¡Hola de nuevo! ¡YA
ESTOY DE VUELTA!
Pensé que no, pero ha sido un mes intenso, muy
pero que muy intenso. No sé cómo ni por qué pero todos los años sucede lo
mismo. Es volver a España para pasar las navidades y una ola frenética de citas
con el médico y reencuentros con familia y amigos se acumulan de tal manera que
termino enlazando desayunos con brunch y aperitivos con comidas que terminan en
meriendas-cenas.
En fin, ¿qué se le va a hacer? Siento no haber
sacado nada de tiempo de descanso ni haber podido pasar por aquí y decir un
hola rápido pero, no nos vamos a engañar, estoy felicísima con todos los
momentos navideños vividos este año. O el pasado. Que uno en enero ya no sabe
cómo referirse al pasado.
El caso es que ya estoy de vuelta, que llevo aquí
una semana y que soy incapaz de recordar que me tengo que poner medias debajo
de los pantalones. Y si son térmicas, mejor.
Admito que en cuanto llegué, abrí el correo y me
puse al día con la universidad, me bloqueé de tal manera que los nombres de mis
alumnos se me borraron de golpe pero al día siguiente nada más entrar por la
puerta de clase me vinieron todos enseguida, ¡menos mal! No quería volver a
pasar por ese sufrimiento de aprender sin ton ni son sus nombres y los apodos que les gustan. Pero ¡conseguí pasar
lista con éxito!
Creo que la semana fue bien: no faltaron más
alumnos de los que normalmente suelen faltar, experimenté dar una clase de
gramática a 50 alumnos a unos menos 10 grados en un aula en la que la
calefacción estaba estropeada y el aire acondicionado encendido, y me quedé sin
voz al devolverles los exámenes. Pobres. Algunos han sufrido mucho.
Y eso es de lo que me gustaría hablar hoy.
Me gustaría saber si soy la única profesora que se
muere de la rabia cuando ve que un alumno que no ha hecho NA-DA durante todo el
semestre aprueba y entonces se piensa que es muy bueno y va presumiendo de sacar una nota alta
sin esfuerzo. También, si soy la única que se muere de la pena al ver a un
alumno que se ha esforzado muchísimo y saca una nota espantosa y entonces se
piensa que no va a aprobar jamás y va llorando por las esquinas. A veces sueño
con que les cambio la nota aunque solo sea por ver la reacción de ambos.
Esta semana ya tengo programadas dos reuniones
para intentar levantar el ánimo a dos alumnas que si siguen suspendiendo, no
podrán irse de Erasmus a España el año que viene. Y ahí sí que me muero de la
pena, literal. ¿Cómo les voy a quitar yo la posibilidad de salir de fiesta todos
los días, tomar el aperitivo al sol y madurar poniendo lavadoras y abriendo una
cuenta en el banco?
Pero bueno, de vez en cuando me digo la famosa
frase de “no les he suspendido sino que ellos han suspendido”. A veces funciona
y me quedo más tranquila.
También me da pena cuando después de entregar los
exámenes voy uno por uno preguntándoles que si tienen alguna duda o el típico
“pero ¿qué ha pasado?” y me dicen con ojos tristes que estaban muy agobiados
con todas las asignaturas y los trabajos y que si por favor nos podemos reunir.
Luego recibo correos de desesperación en los que me piden venir a mi despacho y
hablar solo en inglés para que entiendan todo y les quede todo claro.
Pero lo peor sin duda son las caras que se les
quedan al ver la nota y los comentarios que se hacen entre ellos diciendo que
lo podían haber hecho mejor. A los buenos, me dan ganas de darles un abrazo y
un trozo de Suchard que me he traído en la maleta.
A los malos, carbón (que no me he traído) hasta
que maduren y aprendan a ser responsables.
Total, que creo que sueno triste y no me gusta. He
dado muchas notas buenísimas también, he visto sonrisas de oreja a oreja y a
varios les he visto con ganas de comerse este nuevo semestre y todos los nuevos
tiempos verbales que están por llegar.
No sé pero en cualquier caso creo que ver malos
resultados es uno de los aspectos más feos de enseñar. Ahora toca darle duro y animarles
mucho a trabajar, ser constantes y sobre todo que no pierdan la ilusión de
aprender este idioma tan bonito que es el español :)

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